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Ahora sí, iguales todos: blancos, prietos, y pobres




Siempre se ha dicho, “que todo lo malo, algo bueno trae consigo; que nunca viene solo”. ¡Realidad comprobable cada vez!
Es muy posible que, en esta ocasión, la letal epidemia del coronavirus, que está azotando al mundo, y que no discrimina para presentársele a cualquiera, entre raza, color de la piel, como condición económica ostentada, y capacidades académicas, que marcan rangos sociales, está tocando puertas sin distingo alguno. No importa si son de lujosa caoba, o de madera barata; ni, si hay vistosas alfombras para entrar a las casas-vivienda.
Por ahí tiene que andar en parte lo bueno de este mal: ratificar, y recordar la igualdad de todos los seres humanos que habitan sobre el planeta Tierra; y, que debemos servirnos entre todos, sin condición alguna, en cualquier momento; que nunca el desprecio se verifique.
Es indiscutible que, debido a cuánto viene ocurriendo en tal sentido – la gran pandemia en curso -, el grueso de la especie se inclinará por reflexionar sosegadamente, en cuanto a eso de que, las diferencias, producto de los condicionamientos mentales superficiales, y egotistas de las personas, propiamente, en realidad no existen entre los componentes del gran conglomerado aludido aquí.
Asimilar que, todos somos iguales ante el Supremo Creador; y, por extensión, entre los mismos hombres, Atributos Divinos en Expresión terrenal: prietos, blancos, pobres, evangélicos, católicos, esoteristas, y no creyentes; doctores, licenciados, y científicos, envalentonados, etc. ¡Qué nadie está exento de nada, cuando le toca!
Es evidente que, el coronavirus ha desarropado esa gran verdad, que desde hace tiempo viene siendo ignorada por tantos, y trazando pautas de comportamientos impropios entre los hombres.
Posiblemente, ahora el desamor, a nivel de congéneres, porque yo creo que soy, como que tengo; y, hasta con respecto a la especie inmediatamente inferior – los animales -, base de los racionales en el Universo, y que se debe bien tratar, tienda a desaparecer; al igual que, el egoísmo, y las ingratitudes comunes que se agregan, tratándose de los humanos., comiencen a brillar por su ausencia.
Que se elimine del vocabulario común de las personas, eso de que “yo soy mejor que tú”; que “yo no quiero saber de prietos”; y, “que los pobres son chusmas”, como con tanta frecuencia se escucha decir.
En adición, que tampoco sea una necesidad, imperiosa, tal se cree, el uniformar a los servicios domésticos, damas también, y a los choferes, para que no les confundan con la señora de casa, como con el don, respetivamente; y, claro, establecer una marcada separación de nivel social.
El coronavirus se lleva a todos por igual, y las mismas restricciones se tienen, para los servicios funerarios después, y demás actividades inherentes, por los niveles de contagios presentes cada vez en los cuerpos. Es probable que, los suntuosos escenarios, como los despliegues de personas asociados, estén llegando su fin.
En pestes de tanta consideración como esta, y sus efectos expansivos alarmantes, siempre hay una lección subyacente para la especie humana, de orden correctivo, cuando no punitivo real; o, al menos, el propósito de inducirle a una profunda reflexión que hacer.
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¡Qué se aprenda, o se medite!

Autor: Rolando Fernández
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